Hay momentos ínfimos cuya liviandad planea sobre suaves plumas y el infortunio es su destino. Explotan pomposamente, incapaces de soportar su propia falta de peso, su muy Kunderosa e insoportable levedad de ser. Almacenados en la impronta mnémica, los agujeros negros absorben los retazos -de los cielos de los cielos- de nuestra existencia. ¿Quién sería el valiente que podría cargar sobre sus hombros las humillaciones, abandonos, decepciones, dolores privados y públicos, vergüenzas propias y ajenas, pequeñas infamias cotidianas y un sin fin de etc. con que la vida a veces nos vapulea? ¿Eh? Porque como dijo el Flaco, el que este libre de pescados que arroje el primer anzuelo. ¿Quién podría soportar sin quebrarse el peso de los miles de suspiros que son aire y van al aire, los cientos de aullidos lobunos las decenas de desgarros matinales por el dolor de ya no ser. Muchos prefieren “rencorar” (neologismo apófrico que designa a aquellos seres rabiosos que destilan mala leche y hiel). No quiero ser así. Sin embargo hay heridas que sangran en mis sueños. Me visitan caundo mi inconciente juega con la fantástica alucinación onírica. Allí aparecen los monstruos de siete cabezas, retratados en contextos insólitos, discurriendo monólogos incoherentes o empujándome hacia dilemas insolubles. Ellos me despiertan en medio de la noche ( a veces en tres cuartos de la noche) y escucho mi corazón latiendo al ritmo de un merengue resentido que me impulsa a llamar en plena madrugada y largarle al protagonista de la pesadilla o bien un discurso melancólico-vengativo, o un interrogativo existencial o en el mejor de los casos un imperativo categórico. Por suerte mi superyo sobrevuela el firmamento de mi consciente y viene a rescatarme con sus poderes represivos. Este efecto de inconsciente liberado puede conseguirse con varios litros de anestésico alcohólico. Ante los vapores kriptónicos del beberaje el superyo queda tirado en un rincón de la psiquis dando lugar a que el Ello liberado de sus feroces impulsos aliente al beodo a llamar a las 330 de la noche a un ex para espetarle confesiones inconfesables. Parecería que hay heridas que nunca terminan de sanar y que esperan a que nosotros cerremos la cortina de la vigilia para destilar todo su dolor y de alguna manera, redimirse.
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17.5.07
El superyo es un inconsciente
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memorias de una drama queen
Hay momentos ínfimos cuya liviandad planea sobre suaves plumas y el infortunio es su destino. Explotan pomposamente, incapaces de soportar su propia falta de peso, su muy Kunderosa e insoportable levedad de ser. Almacenados en la impronta mnémica, los agujeros negros absorben los retazos -de los cielos de los cielos- de nuestra existencia. ¿Quién sería el valiente que podría cargar sobre sus hombros las humillaciones, abandonos, decepciones, dolores privados y públicos, vergüenzas propias y ajenas, pequeñas infamias cotidianas y un sin fin de etc. con que la vida a veces nos vapulea? ¿Eh? Porque como dijo el Flaco, el que este libre de pescados que arroje el primer anzuelo. ¿Quién podría soportar sin quebrarse el peso de los miles de suspiros que son aire y van al aire, los cientos de aullidos lobunos las decenas de desgarros matinales por el dolor de ya no ser. Muchos prefieren “rencorar” (neologismo apófrico que designa a aquellos seres rabiosos que destilan mala leche y hiel). No quiero ser así. Sin embargo hay heridas que sangran en mis sueños. Me visitan caundo mi inconciente juega con la fantástica alucinación onírica. Allí aparecen los monstruos de siete cabezas, retratados en contextos insólitos, discurriendo monólogos incoherentes o empujándome hacia dilemas insolubles. Ellos me despiertan en medio de la noche ( a veces en tres cuartos de la noche) y escucho mi corazón latiendo al ritmo de un merengue resentido que me impulsa a llamar en plena madrugada y largarle al protagonista de la pesadilla o bien un discurso melancólico-vengativo, o un interrogativo existencial o en el mejor de los casos un imperativo categórico. Por suerte mi superyo sobrevuela el firmamento de mi consciente y viene a rescatarme con sus poderes represivos. Este efecto de inconsciente liberado puede conseguirse con varios litros de anestésico alcohólico. Ante los vapores kriptónicos del beberaje el superyo queda tirado en un rincón de la psiquis dando lugar a que el Ello liberado de sus feroces impulsos aliente al beodo a llamar a las 330 de la noche a un ex para espetarle confesiones inconfesables. Parecería que hay heridas que nunca terminan de sanar y que esperan a que nosotros cerremos la cortina de la vigilia para destilar todo su dolor y de alguna manera, redimirse.
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7 comentarios:
"el que este libre
de pescados, que
tire el primer anzuelo..."
con calderin sirve tambien?
El calderín tiene agujeros y por allí se puede escapar algún pecadillo sin escamas pero con aleta
"Rencorar" no siempre es peyorativo. ¿Se puede usar una segunda oportunidad para eso? ¿O aprovechamos y dejamos de largar "suspiros que son aire y van al aire"? ¿Cuál decisión nos hará más felices? ¿Cuál nos permitirá, al fin, dormis las tres cuartas partes de la noche?
Polvo de tiza: Quizás a veces se trate de la descición que nos hace menos infelices. Matemáticamente tenemos chance.
el dolor se vive más cuando se niega.
cuando se ignora, el dolor se ahoga en un vaso de agua vacío.
o en un cigarro y ruleros, sigo tus criterios.
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