
Surgió como una fuerza interior irrefrenable. Lava incandescente flameando al galope cardíaco bajo la piel.
Nada parecía pronosticar un cambio sustancial en el ambiente hogareño. Todo acontecía con la misma cronológica rutina, infernal rutina, aburrida rutina, agobiante rutina, de todos los domingos.
Él leía el diario con los cabellos enmarañados de ideas políticas y masticaba una tostada (la misma tostada de todas las semanas) con un ritmo altisonante.
Ella meditó en la última vez que hicieron el amor y se asustó al encontrar tanto vacío en el calendario. Su piel se había acostumbrado a la ausencia de estímulos sensuales, su boca ya no suspiraba gemidos nocturnos.
“¿Hacemos un mate?”, dijo él con voz ronca, ecos del último partido de fútbol. Ella sonrió al tiempo que giraba la perilla de la cocina, pero fue allí, precisamente en ese instante en que la chispa del magic click encendió el gas, en ese contacto con el fuego, en esa creación lumínica y calorífica, que su lava se derramó fuera del epitelio incendiando la rutina, el cronómetro inquebrantable y la ausencia de pasión matrimonial. Fue allí, observando el aro azulado que rodeaba la hornalla, cuando pudo comprender cognitivamente -como una Eva comiendo del árbol del conocimiento- su desnudez existencial. El fuego le reveló la verdadera dimensión de su soledad inconmensurable en el centro del aquel apócrifo edén marital. Adán leía el diario observando desde su silla burguesa las miserias humanas, ignorando que a pocos pasos de allí, el aro azulado que rodeaba la hornalla había transmutado en víbora encantadora cuyos hipnóticos siseos habían rodeado por completo a su Eva. “¿Qué te parece si almorzamos costillas a la plancha?”, preguntó Adán y Eva lo miró con ojos extranjeros. “¿Qué te pasa?”, le preguntó él, “¿todavía no pusiste la caldera en el fuego?”. Eva observó su reflejo (deformado, alargado, casi fantasmagórico) en la caldera de metal. La mañana era clara y desde la calle provenía un suave aroma de manzanas asadas con miel. Eva se acercó a Adán, beso su cabeza, y se dirigió a su cuarto. Adán apagó el fuego con indiferencia y regresó a la sección económica del periódico, ignorando que Eva había cruzado el portal del paraíso, y ya se encontraba muy lejos de allí, convertida en llama ardiente, escalando la cima de un mundo nuevo, en busca de un lugar donde pudiera flamear, al fin, con toda la fuerza de su feminidad.